Caos de tejados, con viejas, lomudas y curvadas
piezas árabes en mil dispares planos, coronando casas en que las ventanas y
balcones están ornados con retorcidos y forjados hierros de antigua artesanía.
Calles pinas, estrechas, recoletas,
quebradas y tortuosas en las que el
rayo de sol tiene que hacer múltiples
quiebros y extrañas filigranas para poder entrar en ellas y mostrar una nueva sorpresa a la vuelta de cada esquina, junto al sabor y la gracia de unos
cautivadores rincones, plenos del
ambiente moruno heredado de sus antiguos
pobladores, que hoy todavía prevalece en la parte vieja de la población, de puro trazado árabe.
Si no fuera por las nobles y viejas
piedras de sus muchos escudos, que cuentan
historias de lejanas batallas en cada uno
de sus cuarteles, todavía podría pensar el visitante
en que puede tropezarse, en cualquier momento y en cualquier lugar, con blancos y flotantes albornoces, lujosos jaiques y amplias chilabas, o con
mujeres veladas
que miran con ojos negros, rasgados y de
fuego, acompañado
todo del roce de babuchas sobre un suelo antiguo y montuoso.
José María
Vela Urrea
Dedicado a Damián
Martínez, como homenaje a su bonito pueblo.
Murcia, Septiembre
de 2014
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