Siempre me ha gustado el saber el porqué de
algunas cosas y, desde que tuve uso de razón, siendo niño, más de una vez puse en un brete a personas
mayores a las que formulaba una pregunta, que en unas ocasiones me explicaban
lo que yo quería saber y otras se salían por la tangente, quedando con mi
ignorancia sobre lo planteado, siendo así como he llegado a enterarme de algo,
incrementando mis escasos conocimientos, ya que carezco de estudios superiores,
pues empecé a trabajar a los 11 años.
En todo momento me ha gustado el orden y la
clasificación de cosas y asuntos, aunque en diversas ocasiones haya extraviado objetos
o papeles al no recordar donde los había puesto, habiendo sucesos que
permanecen indelebles en mi memoria tales como el paso de dos zeppelines, o
dirigibles, uno plateado y otro de color oscuro, y dos vuelos del autogiro de La Cierva por nuestro cielo, acaecidos antes de la
guerra, que es posible publicase alguno de los diarios LA VERDAD y EL LIBERAL que
había en Murcia.
Apoya lo anterior en que, sin conocerlo, ya
practicaba el consejo impreso en grandes placas azules con letras blancas que
existía en algunos comercios y talleres mecánicos de “Un sitio para cada cosa - cada cosa en su sitio” lo cual
facilitaba la localización de elementos y, en talleres mecánicos, del
herramental colocado en grandes paneles de madera donde cada uno de ellos
figuraba pintado entre los ganchos para colgarla y evitar su extravío. También
recuerdo otro rótulo similar con el texto de “El cliente es la persona más importante de esta casa”, consejo
que, en muchos casos, ha pasado al olvido por la marcha actual de la vida.
Ese espíritu de observación, innato en
mí, me ha permitido -y me permite-
ampliar mis escasos conocimientos y darme cuenta de algunas cosas que suceden
para que siga preguntando el porqué de las mismas del que, muchas veces, quedo
sin respuesta.
Y viene todo este largo escrito a una cosa que
ocurre en los meses calurosos que atravesamos cuando proliferan algunos
insectos que no aparecen en los fríos invernales, en los que es posible no
hayan nacido todavía y permanezcan en huevos o larvas a la espera del aumento
de temperatura, cuando hay mosquitos diminutos, de un tamaño inferior al
milímetro, que cuando se les aproxima la mano para intentar chafarlos escapan de
la misma, suponiendo que en sus diminutos cuerpos tienen alguna especie de
radar que, bien por la presión del aire, al intentar fumigarles con un
insecticida o por cualquier otra causa,
les permite escapar y salvarse de
morir, ocurriendo igual con otros algo mayores, tales como las arañas
correderas, cuando se intenta pisarlas.
Es muy posible que los científicos tengan una
respuesta decisiva y razonada de lo que relato, aunque mi ignorancia sigue sin saberlo. En caso de no haberlo
estudiado, ahí tienen un tema para iniciar sus investigaciones y preguntarse
porqué los humanos, al parecer, carecemos de esa facultad de anticipación al
peligro cuando, por ejemplo, al intentar clavar una púa, no podemos evitar que
un martillazo mal dirigido nos golpee en la mano que sostiene el clavo.
Murcia, 11 de Julio de 2014 José María Vela
Urrea
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