domingo, 3 de agosto de 2014

OBSERVACIONES


Siempre me ha gustado el saber el porqué de algunas cosas y, desde que tuve uso de razón, siendo niño,  más de una vez puse en un brete a personas mayores a las que formulaba una pregunta, que en unas ocasiones me explicaban lo que yo quería saber y otras se salían por la tangente, quedando con mi ignorancia sobre lo planteado, siendo así como he llegado a enterarme de algo, incrementando mis escasos conocimientos, ya que carezco de estudios superiores, pues empecé a trabajar a los 11 años.

En todo momento me ha gustado el orden y la clasificación de cosas y asuntos, aunque en diversas ocasiones haya extraviado objetos o papeles al no recordar donde los había puesto, habiendo sucesos que permanecen indelebles en mi memoria tales como el paso de dos zeppelines, o dirigibles, uno plateado y otro de color oscuro, y dos vuelos del autogiro de La Cierva  por nuestro cielo, acaecidos antes de la guerra, que es posible publicase alguno de los diarios LA VERDAD y EL LIBERAL que había en Murcia.

Apoya lo anterior en que, sin conocerlo, ya practicaba el consejo impreso en grandes placas azules con letras blancas que existía en algunos comercios y talleres mecánicos de “Un sitio para cada cosa - cada cosa en su sitio” lo cual facilitaba la localización de elementos y, en talleres mecánicos, del herramental colocado en grandes paneles de madera donde cada uno de ellos figuraba pintado entre los ganchos para colgarla y evitar su extravío. También recuerdo otro rótulo similar con el texto de “El cliente es la persona más importante de esta casa”, consejo que, en muchos casos, ha pasado al olvido por la marcha actual de la vida.

Ese espíritu de observación, innato en mí,  me ha permitido -y me permite- ampliar mis escasos conocimientos y darme cuenta de algunas cosas que suceden para que siga preguntando el porqué de las mismas del que, muchas veces, quedo sin respuesta.

Y viene todo este largo escrito a una cosa que ocurre en los meses calurosos que atravesamos cuando proliferan algunos insectos que no aparecen en los fríos invernales, en los que es posible no hayan nacido todavía y permanezcan en huevos o larvas a la espera del aumento de temperatura, cuando hay mosquitos diminutos, de un tamaño inferior al milímetro, que cuando se les aproxima la mano para intentar chafarlos escapan de la misma, suponiendo que en sus diminutos cuerpos tienen alguna especie de radar que, bien por la presión del aire, al intentar fumigarles con un insecticida o por cualquier otra causa,  les permite escapar  y salvarse de morir, ocurriendo igual con otros algo mayores, tales como las arañas correderas, cuando se intenta pisarlas.

Es muy posible que los científicos tengan una respuesta decisiva y razonada de lo que relato, aunque mi ignorancia  sigue sin saberlo. En caso de no haberlo estudiado, ahí tienen un tema para iniciar sus investigaciones y preguntarse porqué los humanos, al parecer, carecemos de esa facultad de anticipación al peligro cuando, por ejemplo, al intentar clavar una púa, no podemos evitar que un martillazo mal dirigido nos golpee en la mano que sostiene el clavo.

Murcia, 11 de Julio de 2014                            José María Vela Urrea



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