miércoles, 4 de junio de 2014

MI BATALLITA


            Estoy en la posición X-27 (por lo menos me dicen que eso es lo que marca el mapa), que se llama Boot Hill como todos los cementerios de las películas del Oeste, situado en una colina rodeada de campos nevados de algodón, desde donde diviso, entre otras cosas, una fábrica de hacer pantalones vaqueros, el bar de Pepurro, al que no puedo ir pues está en territorio del enemigo y la caseta del puesto avanzado que han colocado para vigilarme.

            De vez en cuando sale alguno de los diez soldados que tengo allá abajo, pega un tiro y se mete corriendo dentro por si yo disparo, cosa que no hago nunca, pues cuando el General me mandó aquí solo me dio un revolver de 6 tiros y unas cuantas latas de conserva, así como papel para escribirle el parte.

            Y en eso estoy. Como soy un poco gamberro, hace unas noches bajé sin hacer ruido y les eché a esos buenos mozos medio saco de pica-pica por su ventanuco. La que se armó de rascarse fué de época, echándose la culpa los unos a los otros.

            Ellos, de vez en cuando tiran alguna piedra. Una de ellas le dió al nido de cigüeña que tengo en el tejado, para disimular que esto es una posición militar, y ya se pueden figurar el escándalo que armó el pajarraco por ese destrozo en su domicilio.

            Otra de las piedras ha roto el cristal de mi ventana, con lo cual me han hecho un gran favor; antes con lo sucio que estaba, apenas les veía y ahora puedo observar todos sus movimientos con toda tranquilidad, hasta cuando alguno se va al sitio donde se bajan los pantalones...

            También bajé la noche que tenían un gran escándalo, viendo por su ventana que estaban jugando al tute. Cuando uno de ellos cantó las 40 en bastos con la sota de oros y el tres de espadas dije, en voz de falsete: ¡Tramposo!. Se armó la marimorena pues todos querían que les devolviera su dinero el que iba ganando, acabando la cosa a mamporro limpio, con tres ojos morados y un chichón del que tropezó con el botijo. Resultado 4 de ellos a la enfermería y uno al calabozo, con lo que voy ganando batallas sin arriesgar nada.

            He tenido que abrir la lata de calamares en su tinta para poder escribir el parte, pues el lápiz que traje lo quemé la otra noche por que hacía mucho frío.

            Lo más malo ha sido que el otro día vino un tío más grande que un armario, montado en un burro negro y se llevó a la Eufrasia, que me la había traído para no aburrirme ni estar solo... así es que me he quedado nada más que con la compañía de la cigüeña.

            En venganza bajé esa noche y les aboqué por la ventana toda la pimienta molida que tenía. Como estaban durmiendo, empezaron a estornudar y han pedido les manden mantas  una botella de coñac o de whisky para no pasar frío.

            Creo que se les han acabado las balas, pues no tiran más que piedras y como no es una guerra decente, solicito el relevo.

                                                           El Sargento Viruta

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