Triste mañana del año
fue la del día de Mayo
cuando Gumersindo, el rey,
por otro nombre el octavo,
(pues robando unas gallinas
llegó a tan alto cargo)
entró en Moldavia a saco
(y nunca mejor fue dicho)
pues llevaba en una mano
el palo de "recaudar"
y en la otra un gran saco,
con dos lanceros a pié,
pues no tenía caballos.
Del carro que iba tirando
montaba el burro un esbirro,
que un cuerno iba soplando,
que ahora iba vacío
para allí ir cargando
la "recaudacion" del día
que tocaba aquel año.
Tres cazuelas con lentejas,
apio, berengenas, cardos,
unos pimientos bien secos
y cuatro ristras de ajos
es lo que tenía aquel pueblo
sin vacas y sin marranos.
Ni una moneda de cobre
pudo echar dentro del saco,
pues los que allí vivían
no habían cobrado el paro
de tres años y cinco meses
que les debía el erario.
Los bancales en barbecho
ni semillas recibían
pues las guisaban los pobres
para comer, si podían
masticarlas, de tan duras
que ni dando con un mazo
las malditas se partían...
¡Vaya un viaje que he echado!
vociferó Gumersindo, el rey
mal nombrado como octavo,
cuando vió el saco vacío
y sin tener ni un ochavo
para pagar al esbirro
que iba en el burro pitando.
15 Agosto 2002
José Mª Vela Urrea
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