2013-07-04
Todo evoluciona con
la marcha de los tiempos; es el progreso que todo lo avasalla, junto con los
avances tecnológicos que conocemos cada día, haciendo surjan nuevos oficios u
otros que sustituyan a los anteriores.
Hace unos 80 años
-me estoy refiriendo a 1935, por decir una fecha- conocí, aquí en Murcia, oficios
humildes los que reseño a continuación,
pudiendo ser que algunos de ellos todavía pervivan en apartados rincones de
nuestro País.
Alañaor-paragüero,
este era el pregón que lanzaban al aire los que iban cargados con una gran caja
de madera que contenía sus herramientas, entre ellas algunos alambres y unas
cuantas varillas de paraguas. El primer oficio consistía en arreglar vasijas de
barro tales como lebrillos, orzas, tinajas y cocios (un gran vaso de barro que
se utilizaba muchas veces para lavar ropa -a falta de barreños metálicos- y otras para bañar críos); con taladro manual
de bola hacían unos taladros en cada parte de lo que se había roto,
introduciendo en ellos una U de alambre que doblaba por la parte exterior del
recipiente, extendiendo un poco de cemento a todo lo largo de la rotura. La
otra parte de su oficio consistía en cambiar las varillas rotas de los
paraguas.
Afilador era el que
iba con un bastidor con una rueda de carro que rodaba para su traslado, en la
que para trabajar rodeaba con una correa que, en el otro extremo hacía girar una rueda de esmeril
cuando con una pierna movía una pieza que iba unida a una manivela excéntrica y
proporcionar el giro de ambas ruedas; así afilaba cuchillos, navajas, tijeras y
cualquier elemento que precisara efectuar cortes. Junto a la piedra llevaba una
pequeña caja para guardar herramientas y en su tapa, que utilizaba como banco de trabajo, un pequeño yunque. Su
pregón era de viva voz o pitando en una ocarina.
Colchonero -ese era
su pregón- era el que iba provisto de
dos largas varas para, con ellas, abrir la lana apelmazada de los colchones. A
tal efecto, y sobre una manta extendida en el suelo de la calle, vaciaba el
colchón y, con singular maestría y las citadas varas abría la lana, dejándola
esponjosa.
El sillero, voceaba
quien reparaba asientos de anea; recogía la silla que lo tenía averiado, la
llevaba a su casa y allí tejía un nuevo
asiento para devolverla.
El basurero era,
normalmente, alguna persona de la huerta que venía a la ciudad a recoger la
basura que se producía en las viviendas, atendiendo exclusivamente a quienes le
habían otorgado este privilegio que, a veces, compensaba obsequiando con productos
de su cosecha o tierra y abono orgánico para las macetas. En casas importantes
se llevaba muy bien con el servicio. Hubo un tiempo en que el Ayuntamiento les cobró un impuesto, pues los tenía
censados.
Había otros oficios
que su elemento de trabajo consistía en un saco colgado sobre un hombro. Estos
compraban papel viejo o botellas; los que compraban hierro viejo llevaban un
carro de mano y, los más pudientes, uno tirado por un burrico moruno.
Otros, la mayoría
residentes en el Barrio de San Juan, o de la Industria, eran traperos –también
nombrados hileros; éstos empujaban un carretón sobre el que llevaban una sera
de esparto en la cual metían los trapos viejos y alpargates por lo cuales
regalaban algún caballico de barro, bolas de barro o cristal o también algún
molinico de papel de colores que giraba al viento en el extremo de una caña,
los cuales fabricaban en su casa.
Como vendedores callejeros
había los de periódicos, voceando los titulares de los que llevaban, unos por
la mañana, como los locales EL LIBERAL y
LA VERDAD, y otros por la noche -los que venían de fuera-como ABC, LA
VOZ o EL HERALDO, pregón que se incrementaba los Domingos con la prensa
infantil del TBO, JEROMÍN, POCHOLO, AVENTURERO, PULGARCITO, MICKEY, del cual
sólo se publicaron 49 números.
También habían los
verduleros, con un carro tirado por un burro, que vendían a domicilio todos los
productos de nuestra huerta, siendo un particular pregón en su
tiempo el de ¡Habas de ramillete! Las de
granos dulces y apretados en su funda que se han perdido, pues las que
consumimos ahora, del campo, son más comerciales.
Cuando no se había
extendido la red municipal de agua habían los aguadores, los cuales llevaban en
un carro, del que ellos tiraban “enganchados con una correa entre sus varas”,
que iba equipado con 6 u 8 cántaros de barro, los cuales llenaban en unos
sitios específicos, una escaleras para bajar al cauce de la acequia Mayor de Aljufia,
situados en la Plaza del Agua –junto al convento de Agustinas, en la calle de
la Aurora, en la esquina de la Universidad o en el Camino de Monteagudo, junto
a la desaparecida Agraria; también había otro llenador por donde pasaba la
acequia Alfanje al descubierto, junto al Paseo de Corvera. Dado que el servicio
de Bomberos no estaba muy equipado yla carencia de agua en muchos sitios, los
aguadores dejaban cargados sus carros por las noches en previsión de que se
produjese algún incendio y acudir al sitio preciso gracias a los toques de
campana que tenían asignados las parroquias de la ciudad.
Los cabreros iban
de casa en casa con su rebaño de cabras a las cuales ordeñaban ante la
compradora para despacharle las “medidas” que le pedían, obsequiándolas con un
chorro más; había algunos que llevaban en un bolsillo interior de su blusón una
botella con agua de la cual vertían alguna porción en la vasija con la que
habián ordeñado...
De temporada eran otros
vendedores, cuyo pregón era el de ¡Miel de la Alcarria! Venían desde dicha
región acompañados de un robusto mulo que portaba en las aguaderas que llevaba
sobre su lomo unas grandes vasijas llenas de ese rico y natural producto.
También los que vendían nueces al pregón de ¡Nueces del Nerpio! que es zona donde se producen por aquí.
En la época de la
seda abundaban los hijueleros que vendían sus racimos para utilizar bien como
hilo de sutura en cirugía o para hacer aparejos de pesca. Al desaparecer la
industria sedera ha sido sustituida por el hilo de nylón. Y en la Feria de
Septiembre es cuando salían los “biznagueros” llevando al extremo de un palo perforado unos pomos de mata donde
habían introducido un oloroso jazmín en cada pincho.
Otros vendedores
ambulantes eran, según épocas, los vendedores de “polos” y los
Chambileros; ambos
llevaban un carrito con unas vasijas
rodeadas de hielo donde guardaban su producto. El polo era agua congelada con
un palito para corlo y los chambis, que había de distintos tamaños y precio,
helados diversos entre dos pastas.
Los jardines, que
eran los sitios donde se reunían los niños para jugar, eran visitados bien por
los barquilleros con su redondo y rojo tambor metálico coronado por una rueda giratoria en la tapa para rifar dar
dos en vez de un barquillo, cilindro de una pasta enrollada; también eran
visitados por otros que en una cesta de mimbre llevaban un surtido de
productos, tales como patatas cocidas o asadas, habas fritas, chufas,
regaliz...
como el “tio Blas”
en el jardín de Santa Isabel.
En la plaza de
Santa Catalina se estacionaban con sus carros los vendedores de plátanos
-después de la
guerra se fueron a la plaza de Camachos- vendiéndolos “a dos tres perras y tres
un real” 15 y 25 céntimos de peseta pues, entonces, el dinero valía algo....
Por último se
encontraban los que venían de Extremadura, principalmente de Salvatierra de los
Barros, con una caballería sobre la que llevaban los rojos botijos que se
fabrican allí, ofreciéndolos con el pregón de ¡Vasijas y botijos finos!
Todos ellos fueron
desapareciendo con el tiempo al popularizarse otros productos; solo subsistió
algún tiempo más el de colillero, especialmente durante los años que el tabaco
estuvo racionado; había algunos que caminaban tras quien se fumaba un puro para
apoderarse de la colilla cuando la tiraba. Los más profesionales iban provistos
de un bastón o vara con un aguzado pincho en su extremo para clavar las
colillas sin necesidad de agacharse para recogerlas. Después desmenuzaban las
de puros y las de los cigarrillos, mezclaban todo el tabaco y lo ponían a secar
al Sol.
Es muy posible que,
con las subidas de precio del tabaco vuelva este oficio aunque, por el mismo motivo, muchos fumadores actuales
apuran tanto el cigarrillo que solo tiran el filtro por lo que ya son pocas las
colillas que lleven unas briznas y, por lo tanto, inútiles de recoger.
Estos eran, a
grandes rasgos, cosas que en este siglo XXI, año 2013, muchas personas no han
tenido de ellas ni la menor noticia, tales como de que hubo unos “tíos mañicas” en la calle Baños, junto a
Santa Isabel, otro frente a la Catedral, en calle Eulogio Soriano y en un piso
en Santa Teresa, que arreglaban casi todo lo roto o averiado, al igual que
nunca vieron las películas, mudas, del Oeste hechas en cintas de color verde,
rojo o azul, aparte del blanco y negro, que proyectaban los cafés del Arenal y
del Sol, ni contemplaron al ingeniero D.
Juan de la Cierva darse una vuelta por el cielo murciano a bordo de su autogiro
con el que aterrizó en Sangonera -modificado por el polaco Sikorsky después en helicóptero- , y pasar zeppelínes o dirigibles por nuestro
cielo, aunque ya pudieron refrescarse
con la Coca-Cola, degustar los “donnus” que hacían y vendían en el Pasaje de
Zabálburu, o los ricos churros y buñuelos de la desaparecida Aduana..
Murcia, 4 Julio
2013 José
María Vela Urrea