domingo, 28 de julio de 2013

OFICIOS DESAPARECIDOS

2013-07-04                
Todo evoluciona con la marcha de los tiempos; es el progreso que todo lo avasalla, junto con los avances tecnológicos que conocemos cada día, haciendo surjan nuevos oficios u otros que sustituyan a los anteriores.

Hace unos 80 años -me estoy refiriendo a 1935, por decir una fecha- conocí, aquí en Murcia, oficios humildes los que  reseño a continuación, pudiendo ser que algunos de ellos todavía pervivan en apartados rincones de nuestro País.

Alañaor-paragüero, este era el pregón que lanzaban al aire los que iban cargados con una gran caja de madera que contenía sus herramientas, entre ellas algunos alambres y unas cuantas varillas de paraguas. El primer oficio consistía en arreglar vasijas de barro tales como lebrillos, orzas, tinajas y cocios (un gran vaso de barro que se utilizaba muchas veces para lavar ropa -a falta de barreños metálicos-  y otras para bañar críos); con taladro manual de bola hacían unos taladros en cada parte de lo que se había roto, introduciendo en ellos una U de alambre que doblaba por la parte exterior del recipiente, extendiendo un poco de cemento a todo lo largo de la rotura. La otra parte de su oficio consistía en cambiar las varillas rotas de los paraguas.

Afilador era el que iba con un bastidor con una rueda de carro que rodaba para su traslado, en la que para trabajar rodeaba con una correa que, en el  otro extremo hacía girar una rueda de esmeril cuando con una pierna movía una pieza que iba unida a una manivela excéntrica y proporcionar el giro de ambas ruedas; así afilaba cuchillos, navajas, tijeras y cualquier elemento que precisara efectuar cortes. Junto a la piedra llevaba una pequeña caja para guardar herramientas y en su tapa, que utilizaba como  banco de trabajo, un pequeño yunque. Su pregón era de viva voz o pitando en una ocarina.

Colchonero -ese era su pregón-  era el que iba provisto de dos largas varas para, con ellas, abrir la lana apelmazada de los colchones. A tal efecto, y sobre una manta extendida en el suelo de la calle, vaciaba el colchón y, con singular maestría y las citadas varas abría la lana, dejándola esponjosa.

El sillero, voceaba quien reparaba asientos de anea; recogía la silla que lo tenía averiado, la llevaba a su casa y allí tejía  un nuevo asiento para devolverla.

El basurero era, normalmente, alguna persona de la huerta que venía a la ciudad a recoger la basura que se producía en las viviendas, atendiendo exclusivamente a quienes le habían otorgado este privilegio que, a veces, compensaba obsequiando con productos de su cosecha o tierra y abono orgánico para las macetas. En casas importantes se llevaba muy bien con el servicio. Hubo un tiempo en que el Ayuntamiento  les cobró un impuesto, pues los tenía censados.

Había otros oficios que su elemento de trabajo consistía en un saco colgado sobre un hombro. Estos compraban papel viejo o botellas; los que compraban hierro viejo llevaban un carro de mano y, los más pudientes, uno tirado por un burrico moruno.

Otros, la mayoría residentes en el Barrio de San Juan, o de la Industria, eran traperos –también nombrados hileros; éstos empujaban un carretón sobre el que llevaban una sera de esparto en la cual metían los trapos viejos y alpargates por lo cuales regalaban algún caballico de barro, bolas de barro o cristal o también algún molinico de papel de colores que giraba al viento en el extremo de una caña, los cuales fabricaban en su casa.

Como vendedores callejeros había los de periódicos, voceando los titulares de los que llevaban, unos por la mañana, como los locales EL LIBERAL y  LA VERDAD, y otros por la noche -los que venían de fuera-como ABC, LA VOZ o EL HERALDO, pregón que se incrementaba los Domingos con la prensa infantil del TBO, JEROMÍN, POCHOLO, AVENTURERO, PULGARCITO, MICKEY, del cual sólo se publicaron 49 números.

También habían los verduleros, con un carro tirado por un burro, que vendían a domicilio todos los productos de nuestra huerta, siendo un particular pregón en su
 tiempo el de ¡Habas de ramillete! Las de granos dulces y apretados en su funda que se han perdido, pues las que consumimos ahora, del campo, son más comerciales.

Cuando no se había extendido la red municipal de agua habían los aguadores, los cuales llevaban en un carro, del que ellos tiraban “enganchados con una correa entre sus varas”, que iba equipado con 6 u 8 cántaros de barro, los cuales llenaban en unos sitios específicos, una escaleras para bajar al cauce de la acequia Mayor de Aljufia, situados en la Plaza del Agua –junto al convento de Agustinas, en la calle de la Aurora, en la esquina de la Universidad o en el Camino de Monteagudo, junto a la desaparecida Agraria; también había otro llenador por donde pasaba la acequia Alfanje al descubierto, junto al Paseo de Corvera. Dado que el servicio de Bomberos no estaba muy equipado yla carencia de agua en muchos sitios, los aguadores dejaban cargados sus carros por las noches en previsión de que se produjese algún incendio y acudir al sitio preciso gracias a los toques de campana que tenían asignados las parroquias de la ciudad.

Los cabreros iban de casa en casa con su rebaño de cabras a las cuales ordeñaban ante la compradora para despacharle las “medidas” que le pedían, obsequiándolas con un chorro más; había algunos que llevaban en un bolsillo interior de su blusón una botella con agua de la cual vertían alguna porción en la vasija con la que habián ordeñado...

De temporada eran otros vendedores, cuyo pregón era el de ¡Miel de la Alcarria! Venían desde dicha región acompañados de un robusto mulo que portaba en las aguaderas que llevaba sobre su lomo unas grandes vasijas llenas de ese rico y natural producto. También los que vendían nueces al pregón de ¡Nueces del Nerpio! que  es zona donde se producen por aquí.

En la época de la seda abundaban los hijueleros que vendían sus racimos para utilizar bien como hilo de sutura en cirugía o para hacer aparejos de pesca. Al desaparecer la industria sedera ha sido sustituida por el hilo de nylón. Y en la Feria de Septiembre es cuando salían los “biznagueros” llevando al extremo de  un palo perforado unos pomos de mata donde habían introducido un oloroso jazmín en cada pincho.

Otros vendedores ambulantes eran, según épocas, los vendedores de “polos” y los
Chambileros; ambos llevaban un carrito  con unas vasijas rodeadas de hielo donde guardaban su producto. El polo era agua congelada con un palito para corlo y los chambis, que había de distintos tamaños y precio, helados diversos entre dos pastas.
Los jardines, que eran los sitios donde se reunían los niños para jugar, eran visitados bien por los barquilleros con su redondo y rojo tambor metálico coronado por  una rueda giratoria en la tapa para rifar dar dos en vez de un barquillo, cilindro de una pasta enrollada; también eran visitados por otros que en una cesta de mimbre llevaban un surtido de productos, tales como patatas cocidas o asadas, habas fritas, chufas, regaliz...
como el “tio Blas” en el jardín de Santa Isabel.

En la plaza de Santa Catalina se estacionaban con sus carros los vendedores de plátanos
-después de la guerra se fueron a la plaza de Camachos- vendiéndolos “a dos tres perras y tres un real” 15 y 25 céntimos de peseta pues, entonces, el dinero valía algo....

Por último se encontraban los que venían de Extremadura, principalmente de Salvatierra de los Barros, con una caballería sobre la que llevaban los rojos botijos que se fabrican allí, ofreciéndolos con el pregón de ¡Vasijas y botijos finos!

Todos ellos fueron desapareciendo con el tiempo al popularizarse otros productos; solo subsistió algún tiempo más el de colillero, especialmente durante los años que el tabaco estuvo racionado; había algunos que caminaban tras quien se fumaba un puro para apoderarse de la colilla cuando la tiraba. Los más profesionales iban provistos de un bastón o vara con un aguzado pincho en su extremo para clavar las colillas sin necesidad de agacharse para recogerlas. Después desmenuzaban las de puros y las de los cigarrillos, mezclaban todo el tabaco y lo ponían a secar al Sol.

Es muy posible que, con las subidas de precio del tabaco vuelva este oficio aunque, por el  mismo motivo, muchos fumadores actuales apuran tanto el cigarrillo que solo tiran el filtro por lo que ya son pocas las colillas que lleven unas briznas y, por lo tanto, inútiles de recoger.

Estos eran, a grandes rasgos, cosas que en este siglo XXI, año 2013, muchas personas no han tenido de ellas ni la menor noticia, tales como de que hubo unos  “tíos mañicas” en la calle Baños, junto a Santa Isabel, otro frente a la Catedral, en calle Eulogio Soriano y en un piso en Santa Teresa, que arreglaban casi todo lo roto o averiado, al igual que nunca vieron las películas, mudas, del Oeste hechas en cintas de color verde, rojo o azul, aparte del blanco y negro, que proyectaban los cafés del Arenal y del Sol,  ni contemplaron al ingeniero D. Juan de la Cierva darse una vuelta por el cielo murciano a bordo de su autogiro con el que aterrizó en Sangonera -modificado por el polaco Sikorsky después  en helicóptero- ,  y pasar zeppelínes o dirigibles por nuestro cielo,  aunque ya pudieron refrescarse con la Coca-Cola, degustar los “donnus” que hacían y vendían en el Pasaje de Zabálburu, o los ricos churros y buñuelos de la desaparecida Aduana..

Murcia, 4 Julio 2013                            José María Vela Urrea