domingo, 28 de julio de 2013

EL CONTABLE INFIEL


Había una vez un negocio en el cual entraba el dinero a espuertas desde muy diversas procedencias, sin que sus organizadores o jefes se preocupase mucho del mismo, pues
vivían en espléndidos chalets en el pueblecito de Babia, algo alejados de la capital

El contable anotaba cada partida en la cuenta correspondiente y un buen día observó que en ellas sólo había entradas, las cuales se acumulaban  en las hojas de un lado del libro, sin que en la otra hoja figurase ninguna salida, con lo cual iba aumentando el capital.

Así que un buen día decidió tomarse unas vacaciones a cuenta de alguna de aquellas cuentas; hizo un apunte figurando había entregado la cantidad que se iba a llevar para las mismas como entregada a uno de sus jefes y tomó un avión que lo llevó  a Suiza,  alojándose en un buen hotel de montaña y alquiló un magnífico equipo de skí para deslizarse por las nevadas pistas de aquel país, cosa a la que era un gran aficionado.

Unos días después regresó a su puesto de trabajo, aunque dejando lo que le había sobrado del viaje en una cuenta en un Banco, para evitar llevar tanto dinero encima, pues allí quedaba a buen recaudo para un próximo viaje.

Sus jefes, a los que obsequió con un buen cronógrafo de los que hacen allí tan bien, agradecieron la atención y, como golosos que eran, le dijeron que en un próximo viaje les trajese chocolates suizos, otra de las especialidades de aquel país. El contable les prometió que así lo haría ya que pensaba viajar allí otra vez antes de que se acabara la nieve y no pudiese esquiar. Ellos le dijeron que aprovechara cualquier puente navideño para hacer otro viajecito dado que esas fechas había poco trabajo pues éste comenzaba casi en Febrero ya que el público había aprovechado las rebajas de Enero y, en ese
 momento, estaba sorteando la cuesta de Enero como mejor podía, por lo cual tenía permiso para prorrogar sus vacaciones viajando a cualquier sitio que le gustase.

No viajó sólo a Suiza sino que aprovechando la proximidad de otro país alpino, frontera con el primero, viajo al tranquilo Lienstestein para ver unos preciosos palacios que hay allí, los cuales le prendaron para admirarlos tranquilamente al volver con más tiempo. Naturalmente, como el avión venía directo, dejó allí bien guardado el dinero sobrante.

Y vuelta al trabajo y vuelta a los números, cuyas entradas se anotaban en un lado del libro, permaneciendo el otro impoluto. Bueno eso es un decir, ya que para justificar el gasto en sus vacaciones había anotado unas cantidades como entregadas a diversas personas de las que nunca miraban los libros.

Un buen día se enteró que en una isla canadiense fabricaban unos estupendos ordenadores, que además se practicaban deportes de invierno y que se podía admirar a la fauna en estado salvaje . Nuevo viajecito aprovechando el “puente” de Semana Santa y, aparte de deslizarse por alguna nevada pendiente, adquirir uno de aquellos magníficos elementos que le simplificaban su trabajo pues le hacían las cuentas en un periquete y él solo tenía que efectuar los apuntes manualmente en los correspondientes libros . Allí previo ingreso de dinerito fresco la facilitaron una tarjeta de crédito, calificación platino, para unir a su colección con las que podía efectuar transferencias de una cuenta a otra según el país que fuese a visitar.

La cosa iba viento en popa, acumulando respetables cantidades en sus cuentas, hasta que llegó el momento que a alguien se le ocurrió sacar fotocopias de los libros y las facilitó a un periódico que, cuando vio tenía la “noticia del día”, hizo que la rotativa diese vueltas a gran velocidad para difundir aquella “bomba”, sin preocuparse si era cierta o falsa, de si existían recibos firmados por los perceptores que en los mismos figuraban, o transferencias bancarias a sus cuentas particulares.

Aquí empezó su calvario, pues alguien metió las narices en las mismas al haber observado un extraño negocio fuera de fronteras sin haber pasado por las horcas caudinas de pagar impuestos y, al preguntar a los que figuraban  como cobradores de una elevadas cantidades, éstos dijeron que no sabían nada de aquello y se les puso la mosca detrás de la oreja. Lo único positivo es que con este asunto se ha movido un gran revuelo y que el contable infiel está “alojado” en un hotel de varias estrellas: las que se ven desde la ventana de su cuarto..

No se sabe todavía como acabará este “affaire”. Sus abogados al no ver las cosas claras para poder trabajare con éxito, se han ido de “vacaciones”y no quieren saber nada de un asunto que les perjudicaría ya que, al parecer, no tienen una mala verdad a la que agarrarse. Los medios de comunicación no saben ya qué decir y el público se está cansando de este culebrón veraniego.

Murcia, 13 de Julio de 2013                            José María Vela Urrea