Había una vez un
negocio en el cual entraba el dinero a espuertas desde muy diversas
procedencias, sin que sus organizadores o jefes se preocupase mucho del mismo,
pues
vivían en
espléndidos chalets en el pueblecito de Babia, algo alejados de la capital
El contable anotaba
cada partida en la cuenta correspondiente y un buen día observó que en ellas
sólo había entradas, las cuales se acumulaban
en las hojas de un lado del libro, sin que en la otra hoja figurase ninguna
salida, con lo cual iba aumentando el capital.
Así que un buen día
decidió tomarse unas vacaciones a cuenta de alguna de aquellas cuentas; hizo un
apunte figurando había entregado la cantidad que se iba a llevar para las
mismas como entregada a uno de sus jefes y tomó un avión que lo llevó a Suiza,
alojándose en un buen hotel de montaña y alquiló un magnífico equipo de
skí para deslizarse por las nevadas pistas de aquel país, cosa a la que era un
gran aficionado.
Unos días después
regresó a su puesto de trabajo, aunque dejando lo que le había sobrado del
viaje en una cuenta en un Banco, para evitar llevar tanto dinero encima, pues
allí quedaba a buen recaudo para un próximo viaje.
Sus jefes, a los
que obsequió con un buen cronógrafo de los que hacen allí tan bien, agradecieron
la atención y, como golosos que eran, le dijeron que en un próximo viaje les
trajese chocolates suizos, otra de las especialidades de aquel país. El
contable les prometió que así lo haría ya que pensaba viajar allí otra vez
antes de que se acabara la nieve y no pudiese esquiar. Ellos le dijeron que
aprovechara cualquier puente navideño para hacer otro viajecito dado que esas
fechas había poco trabajo pues éste comenzaba casi en Febrero ya que el público
había aprovechado las rebajas de Enero y, en ese
momento, estaba sorteando la cuesta de Enero
como mejor podía, por lo cual tenía permiso para prorrogar sus vacaciones
viajando a cualquier sitio que le gustase.
No viajó sólo a
Suiza sino que aprovechando la proximidad de otro país alpino, frontera con el
primero, viajo al tranquilo Lienstestein para ver unos preciosos palacios que
hay allí, los cuales le prendaron para admirarlos tranquilamente al volver con
más tiempo. Naturalmente, como el avión venía directo, dejó allí bien guardado
el dinero sobrante.
Y vuelta al trabajo
y vuelta a los números, cuyas entradas se anotaban en un lado del libro,
permaneciendo el otro impoluto. Bueno eso es un decir, ya que para justificar
el gasto en sus vacaciones había anotado unas cantidades como entregadas a diversas
personas de las que nunca miraban los libros.
Un buen día se
enteró que en una isla canadiense fabricaban unos estupendos ordenadores, que
además se practicaban deportes de invierno y que se podía admirar a la fauna en
estado salvaje . Nuevo viajecito aprovechando el “puente” de Semana Santa y,
aparte de deslizarse por alguna nevada pendiente, adquirir uno de aquellos
magníficos elementos que le simplificaban su trabajo pues le hacían las cuentas
en un periquete y él solo tenía que efectuar los apuntes manualmente en los
correspondientes libros . Allí previo ingreso de dinerito fresco la facilitaron
una tarjeta de crédito, calificación platino, para unir a su colección con las
que podía efectuar transferencias de una cuenta a otra según el país que fuese
a visitar.
La cosa iba viento
en popa, acumulando respetables cantidades en sus cuentas, hasta que llegó el
momento que a alguien se le ocurrió sacar fotocopias de los libros y las
facilitó a un periódico que, cuando vio tenía la “noticia del día”, hizo que la
rotativa diese vueltas a gran velocidad para difundir aquella “bomba”, sin
preocuparse si era cierta o falsa, de si existían recibos firmados por los
perceptores que en los mismos figuraban, o transferencias bancarias a sus
cuentas particulares.
Aquí empezó su
calvario, pues alguien metió las narices en las mismas al haber observado un
extraño negocio fuera de fronteras sin haber pasado por las horcas caudinas de
pagar impuestos y, al preguntar a los que figuraban como cobradores de una elevadas cantidades,
éstos dijeron que no sabían nada de aquello y se les puso la mosca detrás de la
oreja. Lo único positivo es que con este asunto se ha movido un gran revuelo y
que el contable infiel está “alojado” en un hotel de varias estrellas: las que
se ven desde la ventana de su cuarto..
No se sabe todavía
como acabará este “affaire”. Sus abogados al no ver las cosas claras para poder
trabajare con éxito, se han ido de “vacaciones”y no quieren saber nada de un
asunto que les perjudicaría ya que, al parecer, no tienen una mala verdad a la
que agarrarse. Los medios de comunicación no saben ya qué decir y el público se
está cansando de este culebrón veraniego.
Murcia, 13 de Julio
de 2013 José
María Vela Urrea