Vivimos tiempos tan
modernos que los regalos de antaño ya se han pasado de moda, aunque no de
precio.
Antes era corriente
regalar una pulsera o un collar a una joven o un reloj de bolsillo, con su
cadena y colgante incluido, a un varón.
Las peticiones de
mano eran los momentos propicios para cruzar estos regalos que, conforme se
ascendía en la posición social, iban elevándose de precio hasta cifras
fabulosas, distinguiéndose en regalos, como mínimo principescos, acreditadas
joyerias como Cartier en Paris o Tiffany en New York donde disponen de amplios
surtidos de joyitas ornadas con diamantes de los más gordos o esmeraldas del
mayor tamaño, así como de relojes de las más acreditadas marcas suizas, de oro
y brillantes, para quienes quieran deslumbrar a los receptores de los mismos.
En ambos
establecimientos se exhiben joyas fabulosas
que solo podían adquirir en tiempos pasados los emperadores o maharajás
mas adinerados pagando facturas con
larguísimas filas
de ceros sin pestañear siquiera. Al disminuir el número de éstos son ahora los
magnates del petróleo o corruptos de alta posición los que pueden permitirse
esos lujos.
Aunque el riego de
que atraquen a los portadores de semejante “chatarra” ha hecho disminuir, por
lo menos, a sus poseedores que las guardan bajo siete llaves y las lucen, en
algunas ocasiones, rodeados de un verdadero ejército de guardias de seguridad..
Eso ha hecho que
los regalitos que se cruzan, por ejemplo, en una petición de mano entre jóvenes
modernos, hayan derivados hacia objetos más prácticos y de uso diario como un
teléfono móvil.
Aquí tienen un
inmenso y variado surtido desde los más simples a los más sofisticados; desde
los de precio ínfimo hasta los que
cuesta vaciar la cartera y prepararse después a pagar elevadas mensualidades,
según los servicios que presten.
Casi todos, por
ejemplo, llevan incorporadas cámaras fotográficas o de vídeo; también
conexiones a muy diversos programas tanto para comunicarse de distintas formas
como para informarse por diversos canales y, como se utilizan en las más
mínimas ocasiones, son el regalo perfecto para muchas parejas, habiendo “cosas”
que solo se aprecian en momentos íntimos que, por su tamaño, deben captarse en
varias fotos panorámicas según el ángulo desde donde se enfoque y que
constituyen recuerdos imborrables de momentos únicos a conservar hasta llegar a
la tercera edad.
Nos encontramos en
los inicios evolutivos de lo que fueron los enormes y pesados
radioteléfonos de
los años 40; cada día son más pequeños y con mayores prestaciones.
Pronto, prepárense,
se tendrá en ellos un potente ordenador; también se dispondrá de diversas
herramientas (destornillador, abrelatas, brújula, una pistola de alarma, etc.)
y
llegará el momento
en que, desde un reloj de pulsera, podrán celebrarse rápidas videoconferencias con personas situadas en
los confines del mundo o del espacio...
Murcia, 8 de Junio de 2014 José María Vela Urrea.
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