jueves, 8 de mayo de 2014

EL SEXTO JINETE


Comenzaron a elevarse las temperaturas en una tierra reseca y agrietada, sobre la que no había caído ni una gota en varios años, en la que habían ardido centenares de hectáreas de monte, quemando pinares que tardarían en regenerarse cerca de medio siglo; la tierra había quedado calcinada, colmada de cenizas que el viento abrasador del verano esparcía, junto con parte de la tierra que ya no sujetarían los arbustos y arbolado.

Al no llover las fuentes se habían ido secando, pues los montes no tenían ningún agua en sus entrañas para aportarla a los cauces. Los ríos, secos, sólo servían ahora como desagües de algunas industrias que vertían sus desechos a ellos, sin una depuración previa -por lo costosa- que degradaba el ambiente con olores pestilentes e infecciosos, caldo de cultivo propicio para nacimiento de colonias de mosquitos.

Esta sequedad entrañaba un gran riesgo. Si venía la temida "gota fría" trayendo tormentas copiosas y torrenciales, las tierras altas, agrietadas y resecas, se irían con el discurrir de las aguas, ya que al no tener unas raíces que la sujetasen y un arbolado que absorbiese la humedad vivificadora, quedaría solo lo que no pudiese moverse, es decir, las piedras.

El instinto de los animales es muchas veces superior a los mejores conocimientos de las personas.
La deforestación y ruina ocasionada por los incendios destruyeron un habitat ocupado por diversas especies, condenando a la muerte a los que no sucumbieron por las llamas, toda vez que desaparecieron sus fuentes de alimento al romperse el equilibrio ecológico del sistema.

Los pájaros previeron la sequía, que para ellos sería mortal, ya que al ir secándose el arbolado y cultivos que podían nutrirlos se acababa su fuente principal de alimentación, al escasear los insectos que iniciaban la escala alimentaria. No había otro remedio que irse en busca de climas menos calientes, más verdes, con agua y vegetación donde hubiese alimentos que proporcionaran fuerza a sus alas. Pusieron rumbo al Norte, abandonando aquí sus nidos.

Y aquí quedamos nosotros. A merced de la Naturaleza, pertrechados con insecticidas y aparatos de aire acondicionado. Se mataría a todo bicho viviente que pudiera originar un peligro para la salud, aunque ello destruyera el futuro alimento de las especies que limpiaban los campos de animales dañinos. Campos que, por otra parte, yermos y secos, bien pocos alimentos iban a producir tan pronto se agotasen los acuíferos subterráneos cuya agua se bombeaba para regar las sedientas tierras.

El horizonte se presentaba bastante oscuro. Agrandamiento del agujero en la protectora capa de ozono, aumento de la temperatura en el planeta con el consiguiente deshielo de los casquetes polares, elevación de las aguas marinas e inutilización de puertos y terrenos costeros, disminuyendo la agricultura aledaña.

El hombre seguiría contaminando al cada vez más superpoblado planeta, que ni las plagas, hambres y guerras conseguían hacer habitable. Los cuatro bíblicos jinetes del Apocalipsis cabalgarían sobre la Tierra, acompañados por el Quinto de la explosión atómica y el nuevo de la SEQUIA.

Y mientras, los pájaros tendrían que evolucionar al ir buscando las alejadas tierras y climas que les proporcionaran alimentos y cobijo, adaptándose a las condiciones del medio, ya que son de los pocos seres vivos que, instinto aparte, pueden ir sin pasaporte a los lugares que más le convienen.

Enero 1998      JOSE MARIA VELA URREA             (Publicado en semanario GUÍA REGIONAL)                                   

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