Los que hemos vivido otras épocas no comprendemos la diversión que tiene la juventud actual en los llamados “conciertos” donde viajan a cualquier sitio, haciendo camping o durmiendo al raso, gastando un dinero que no han ganado, con tal de admirar a sus momentáneos ídolos, incluido posterior fiesta con “botellón” y consecuencias anejas del libertinaje tan de moda en estos tiempos, con consecuencias que aparecen después.
Cualquiera que tenga la cara dura para “cantar” -especialmente en su inglés, que muchas veces no es el correcto de Inglaterra- comiéndose el micro y acompañado por diversos instrumentos de ruido -tambores, platillos, guitarras eléctricas de los más variados tipos, formas y colores, u otros desconocidos, maullando o berreando “artísticamente” lo que en los años 40 se llamó boggie-boogie y después ha pasado a ser rock and rock en diferentes variantes, alguna denominada clásico o duro, en el country o en el pop, todos ellos importados de USA, muchos con melenas y sin afeitar, con vestimentas extravagantes, dando saltos o efectuando movimientos grotescos, propios de tribus salvajes, esos, si tienen la suerte de que los descubra y los lance cualquier promotor, empiezan a grabar discos, incluyendo una presentación con imágenes lo más estrambóticas posible para, en muchos casos, obtener fama y dinero, desapareciendo como estrellas fugaces tan pronto sale un nuevo competidor mucho más avanzado en hacer disparates y lanzar berridos.
Es el sonido y espectáculo de estos tiempos con los que manejan a una juventud que,
aparte de levantar los brazos, hoy tiene el futuro bastante difícil.
Los cantantes de antes, que tenían voz y estilo propio, interpretaban composiciones, muchas de ellas bailables en las diversas modalidades desde los valses de Strauss, el clásico pasodoble español, el desenfreno del fox-trot de los años 20 hasta los blues, fox lento y rápido interpretados por artistas como Antonio Machin, Bonet de Sanpedro, Jorge Sepúlveda, tonadilleras como Conchita Piquer y, en flamenco, Manolo Caracol;
en tangos el universal Carlos Gardel (que había nacido en Toulouse, Francia, y su madre era una vendedora del mercado de dicha ciudad), el trío argentino Irusta, Fugazof y Demare o el cantor de Méjico, Jorge Negrete, que reinó durante muchos años aquí.
Los que hemos asistido a representaciones de zarzuelas, revistas, óperas y también de flamenco, así como a conciertos de música sinfónica, que siempre se han considerado culturales, o tenemos discos con obras de compositores tales Albéniz, Falla, Granados,
Rodrigo o Turina por citar algunos españoles, y de Beethoven, Brahams, Chopín, Grieg,
Haendel, Haynd, Mozart, Schubert, los Strauss, Rimsky Korsakof, Tchaikowky, Verdi,
o Vivaldi, por citar extranjeros, observamos el abismo donde ha caído la juventud y de la forma en que ha sido hipnotizada para mantenerla adicta a unas cosas efímeras, pasajeras y de corta duración, mientras los clásicos, tanto del canto o la música universal, que son eternos, permanecen apartados en los ancestros más lejanos.
Esperemos, aunque es bastante difícil que, alguna vez, se vuelva en España a lo que se considera cultura en muchos sitios.
Murcia, 6 de Junio de 2012 José María Vela Urrea.