Aquel gobierno había superado el 98’8% de los votos en las pocas consultas de los 40 años del anterior. El 107’701% (¡bonito capicúa!) les “atornillaba en las poltronas 11 añitos más (otro capicúa, impar y primo).
La
situación habla llegado a extremos insospechados en aquel país, pues lo único
que habían hecho en los últimos diez años los nuevos equipos de mandatarios,
aparte de demostrar su ineptitud e incapacidad para gobernar, había sido el
desarrollo de sibilinas intrigas que dejaban en mantillas a Maquiavelo con el
fin de llegar a los más altos cargos para, desde allí, dedicarse a toda clase
de lindezas que posibilitaran "forrarse” a costa del pueblo, naturalmente,
como cualquier buen "gobierno” que se precie en algo.
Algunos
se habían construido palaciegas mansiones repletas de cocinas y de cuartos de
baño, alicatadas con azulejos de los más variados tipos, pues decían era muy
bonito y elegante ducharse por la mañana en el cuarto azul, pongamos por caso,
desayunar en la cocina brasileña, que tenia su pavimento con las curvas
características de las aceras de Avenida Río Branco, de Río de Janeiro, bañarse
a mediodía en la piscina pompeyana, tomar el aperitivo en la salita decorada
con jaulas de colibríes, comer en el salón de columnas doradas, el cafelito en
el salón Moka (cuya decoración era color café claro) y pegarse el chapuzón
vespertino en el cuarto -mejor salón con grandiosidad de estadio olímpico-
Waikiki, el cual disponía de amplísima playa de finas arenas importadas desde
la homónima hawaiana, curvados y cimbreantes cocoteros también importados id.
id.) y agua del mar (esta vez de las costas aledañas con el fin de proteger la
industria nacional), equipado con un mecanismo eléctrico de alta potencia que,
según se apretasen botones en un mando a distancia, lo mismo producía suaves
vientos alisios que rizaban tenuemente las aguas, o producía olas de tal
magnitud en las cuales podía practicase
el "surfing...
Otras
habían tenido el caprichito de llenar kilómetros de armarios con abrigos
fabricados con exóticas pieles; algunas dedicaban a estrenar diez modelitos de
alta costura cada día, y quienes precisaban 17 “chulos·” (impar y primo),
aunque hubiese quien cojeara... en la acera de enfrente.
A
otros les habla dado por coleccionar pianos, y los tenían perfectamente
ubicados en espléndidos salones especiales, tanto para gozar de la delicadeza y
suavidad de la música de Chopín como para atronar los aires con algunas
estruendosas composiciones del sordo de Bonn
(Lugwig van Beethoven) o de los más famosos maestros rusos del
aporreamiento de teclados.
Para
que hubiese variedad y todo no fuesen gozos del gaznate, despilfarro y
espirituales, otros se habían dedicado
la prosaica labor d« coleccionar amiguitas para su particular deleite,
cobijándolas en discretos "niditos" con hectáreas de parque rodeando
principesca mansiones situados en los más diversos lugares del país, razón por
1a cual necesitaban tener a su
disposición una modesta flota de
vehículos -aviones y coches-para visitar a sus barraganas con la asiduidad que
el caso requería.
En
fin, para que voy a describir más lujos asiáticos que después de ponernos los
dientes de punta nos incitarían a proporcionarnos, por los medios que fuesen,
un carné del partido gobernarte, con el fin de ver si se podía alcanzar un
puesto público mejor dotado que una canonjía para, por lo menos, intentar vivir
como un raja, sin hacer nada y regando modestos geranios o plantas de más alto
precio.
Puede
observarse que la corrupción era el
factor dominante, pues si no ya me dirán Vds. como sería factible mantener ese
trepidante tren de vida de unos miles de personas (el tren de alta velocidad
prometido no se podía realizar, pues los dineritos públicos se iban por otros
sumideros); la promesa electoral se cumplía colocando una traviesa en el
aniversario de la
Fiesta Nacional , con gran asistencia de medios de
comunicación, TV y corresponsales
extranjeros, sobre todo si se invitaba a algún jerifalte de algún país amigo...
Se
había agotado hasta el ingenio para orear nuevos impuestos, la sensación era
asfixiante y la inflación galopante; la droga y otros vicios campaban
libremente y la calle era el paraíso de rateros y ladrones de menor cuantía que
no habían tenido ocasión de acceder al poder.
Puestas
las cosas así procedía tomar drásticas decisiones y, para ello, se celebró una
reunión extraordinaria de todos los ministros bajo la presidencia del jerifalte
principal. Después de exponerse allí, lejos de la Prensa , con toda crudeza y
total claridad 1a dura realidad -alejados eso moscones de los medios de
comunicación mediante la simple treta de citarlos en un lugar distante unos
cuantos cientos de kilómetros, donde entretenían la estéril espera con unos
modestos refrescos- el Consejo decidió que, para justificar tan desesperado
estado de cosas, había que recurrir al tan manido recurso de declararle la
guerra a alguien, con lo cual se intentaría arreglar las cuentas para cargar
todos esos despilfarros a los gastos de la contienda distrayendo así, tanto al pueblo como a los caballeros de la
prensa, radio y televisión, aparte de resucitar el estraperlo, con la enorme
creación de puestos de trabajo que eso conlleva.
Seguidamente
se pasó a discutir el arduo problema de ver con qué nación cercana se podría
forjar un incidente, grave problema, pues el país estaba casi rodeado por
salados mares cuyas playas habían saturado los turistas en beneficio de la
bolsa común, proponiendo el ministro de Pescados y Verduras efectuar una
sorpresiva operación tipo Pearl Harbor
contra aquel birrioso país que se había permitido tirar al mar a un
modesto pescador con caña y todo.
Rápidamente
se les comunicó la buena nueva a los sargentos de los tres ejércitos (los
mariscales de campo, generales y capitanes de la cúpula militar habían sido
suprimidos de un plumazo), reunidos en un saloncito adyacente, en el que
llevaban dos horitas largas jugando al billar a tres bandas, los cuales
salieron disparados hacia sus cuarteles para tocar generala y zafarrancho de
combate, formar a sus tropas en orden de batalla y organizan un sorteo
extraordinaria, coincidente con la lotería, para que el aguerrido soldado cuyo
número fuese igual al premio del gordo tuviese el altísimo honor de disparar la
única bala que se tenía, guardada como oro en paño, pues hasta esos extremos
tan dramáticos había llegado la precaria situación nacional...
En mi libro
BURRADAS EN CINEMASCOPE 2008 José María Vela Urrea
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