jueves, 5 de junio de 2014

LA GRAN GUERRA

       Aquel gobierno había superado el 98’8% de los votos en las pocas consultas de los 40 años del anterior. El 107’701% (¡bonito capicúa!) les “atornillaba en las poltronas 11 añitos más (otro capicúa, impar y primo).


La situación habla llegado a extremos insospechados en aquel país, pues lo único que habían hecho en los últimos diez años los nuevos equipos de mandatarios, aparte de demostrar su ineptitud e incapacidad para gobernar, había sido el desarrollo de sibilinas intrigas que dejaban en mantillas a Maquiavelo con el fin de llegar a los más altos cargos para, desde allí, dedicarse a toda clase de lindezas que posibilitaran "forrarse” a costa del pueblo, naturalmente, como cualquier buen "gobierno” que se precie en algo.

Algunos se habían construido palaciegas mansiones repletas de cocinas y de cuartos de baño, alicatadas con azulejos de los más variados tipos, pues decían era muy bonito y elegante ducharse por la mañana en el cuarto azul, pongamos por caso, desayunar en la cocina brasileña, que tenia su pavimento con las curvas características de las aceras de Avenida Río Branco, de Río de Janeiro, bañarse a mediodía en la piscina pompeyana, tomar el aperitivo en la salita decorada con jaulas de colibríes, comer en el salón de columnas doradas, el cafelito en el salón Moka (cuya decoración era color café claro) y pegarse el chapuzón vespertino en el cuarto -mejor salón con grandiosidad de estadio olímpico- Waikiki, el cual disponía de amplísima playa de finas arenas importadas desde la homónima hawaiana, curvados y cimbreantes cocoteros también importados id. id.) y agua del mar (esta vez de las costas aledañas con el fin de proteger la industria nacional), equipado con un mecanismo eléctrico de alta potencia que, según se apretasen botones en un mando a distancia, lo mismo producía suaves vientos alisios que rizaban tenuemente las aguas, o producía olas de tal magnitud en las cuales  podía practicase el "surfing...

Otras habían tenido el caprichito de llenar kilómetros de armarios con abrigos fabricados con exóticas pieles; algunas dedicaban a estrenar diez modelitos de alta costura cada día, y quienes precisaban 17 “chulos·” (impar y primo), aunque hubiese quien cojeara... en la acera de enfrente.

A otros les habla dado por coleccionar pianos, y los tenían perfectamente ubicados en espléndidos salones especiales, tanto para gozar de la delicadeza y suavidad de la música de Chopín como para atronar los aires con algunas estruendosas composiciones del sordo de Bonn  (Lugwig van Beethoven) o de los más famosos maestros rusos del aporreamiento de teclados.

Para que hubiese variedad y todo no fuesen gozos del gaznate, despilfarro y espirituales, otros se habían dedicado  la prosaica labor d« coleccionar amiguitas para su particular deleite, cobijándolas en discretos "niditos" con hectáreas de parque rodeando principesca mansiones situados en los más diversos lugares del país, razón por 1a cual  necesitaban tener a su disposición una  modesta flota de vehículos -aviones y coches-para visitar a sus barraganas con la asiduidad que el caso requería.

En fin, para que voy a describir más lujos asiáticos que después de ponernos los dientes de punta nos incitarían a proporcionarnos, por los medios que fuesen, un carné del partido gobernarte, con el fin de ver si se podía alcanzar un puesto público mejor dotado que una canonjía para, por lo menos, intentar vivir como un raja, sin hacer nada y regando modestos geranios o plantas de más alto precio.

Puede observarse que la corrupción era el factor dominante, pues si no ya me dirán Vds. como sería factible mantener ese trepidante tren de vida de unos miles de personas (el tren de alta velocidad prometido no se podía realizar, pues los dineritos públicos se iban por otros sumideros); la promesa electoral se cumplía colocando una traviesa en el aniversario de la Fiesta Nacional, con gran asistencia de medios de comunicación, TV  y corresponsales extranjeros, sobre todo si se invitaba a algún jerifalte de algún país amigo...

Se había agotado hasta el ingenio para orear nuevos impuestos, la sensación era asfixiante y la inflación galopante; la droga y otros vicios campaban libremente y la calle era el paraíso de rateros y ladrones de menor cuantía que no habían tenido ocasión de acceder al poder.

Puestas las cosas así procedía tomar drásticas decisiones y, para ello, se celebró una reunión extraordinaria de todos los ministros bajo la presidencia del jerifalte principal. Después de exponerse allí, lejos de la Prensa, con toda crudeza y total claridad 1a dura realidad -alejados eso moscones de los medios de comunicación mediante la simple treta de citarlos en un lugar distante unos cuantos cientos de kilómetros, donde entretenían la estéril espera con unos modestos refrescos- el Consejo decidió que, para justificar tan desesperado estado de cosas, había que recurrir al tan manido recurso de declararle la guerra a alguien, con lo cual se intentaría arreglar las cuentas para cargar todos esos despilfarros a los gastos de la contienda distrayendo así,  tanto al pueblo como a los caballeros de la prensa, radio y televisión, aparte de resucitar el estraperlo, con la enorme creación de puestos de trabajo que eso conlleva.

Seguidamente se pasó a discutir el arduo problema de ver con qué nación cercana se podría forjar un incidente, grave problema, pues el país estaba casi rodeado por salados mares cuyas playas habían saturado los turistas en beneficio de la bolsa común, proponiendo el ministro de Pescados y Verduras efectuar una sorpresiva operación tipo Pearl Harbor  contra aquel birrioso país que se había permitido tirar al mar a un modesto pescador con caña y todo.

Rápidamente se les comunicó la buena nueva a los sargentos de los tres ejércitos (los mariscales de campo, generales y capitanes de la cúpula militar habían sido suprimidos de un plumazo), reunidos en un saloncito adyacente, en el que llevaban dos horitas largas jugando al billar a tres bandas, los cuales salieron disparados hacia sus cuarteles para tocar generala y zafarrancho de combate, formar a sus tropas en orden de batalla y organizan un sorteo extraordinaria, coincidente con la lotería, para que el aguerrido soldado cuyo número fuese igual al premio del gordo tuviese el altísimo honor de disparar la única bala que se tenía, guardada como oro en paño, pues hasta esos extremos tan dramáticos había llegado la precaria situación nacional...



En mi libro BURRADAS EN CINEMASCOPE 2008            José María Vela Urrea

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